Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

jueves, 11 de mayo de 2017

Carmelo en camino: Un proyecto inclusivo (1)


Carmelo en camino: Un proyecto inclusivo en el que consagrados y seglares comparten la espiritualidad y la misión.

Diógenes contaba que Tales de Mileto estaba agradecido a la Fortuna “por haber nacido humano y no animal, por haber nacido hombre y no mujer, por ser griego y no bárbaro”.

Aquí se refleja perfectamente la mentalidad de la sociedad patriarcal durante el helenismo: lo mejor era ser humano, griego y varón. Esto significa que ser animal, extranjero (= bárbaro) o mujer era considerado algo inferior.

Esta mentalidad la encontramos en otros grupos étnicos, distantes en el tiempo y en el espacio. El etnocentrismo consiste en creer que la propia cultura es la mejor y suele ir acompañado del desprecio hacia las otras culturas.

Los judíos, por ejemplo, transformaron el dicho de Tales de Mileto en la siguiente oración: “Te doy gracias, Señor, porque no me has hecho gentil, ni esclavo, ni mujer”. 

Jesucristo supuso una ruptura, ya que él trató por igual a los hombres y a las mujeres, y se dirigió a los judíos, a los romanos, a los fenicios, pidiendo a sus discípulos que salgan de su tierra, de lo que conocen, de donde se encuentran cómodos, y se dirijan "hasta los confines de la Tierra".

Por eso, los primeros cristianos afirmaban que todos somos iguales ante Dios, ya que todos somos pecadores y todos estamos necesitados de redención por igual: “Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, y todos son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención realizada en Cristo” (Rom 3,23-24).

La buena noticia del evangelio es que Dios ama a todos: “Hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos” (Mt 5,45). 

Jesús ha venido para salvar a todos, hombres y mujeres, judíos y extranjeros, ricos y pobres, por lo que podemos decir con san Pablo: “Ya no hay judío y griego, esclavo y libre, hombre y mujer, porque todos somos iguales en Cristo” (Gál 3,28; cf. Rom 1,16; Col 3,11).

Por desgracia, no siempre lo hemos vivido así y por muchos siglos los cristianos nos hemos adaptado a la mentalidad del mundo y hemos aceptado que la Iglesia es una sociedad de “desiguales” en la que todos no tienen los mismos derechos ni obligaciones.

Gracias a Dios, hoy estas ideas han cambiado, al menos en teoría. Mañana, si Dios quiere, seguiremos profundizando en este argumento.

1 comentario:

  1. Hola, padre. No sé imagina la felicidad de mi corazón al verlo dedicarse a explicar este "argumento", como usted suele decir. Me encanta, me llena de alegría ver cómo se le van abriendo puertas al Espíritu Santo para que siga actuando como y donde él quiera. Un abrazo.(Paqui A.)

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