Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

miércoles, 17 de mayo de 2017

El agua unida al vino en el cáliz


En el momento del ofertorio de la misa, presentamos sobre el altar pan y vino con unas gotas de agua. De hecho, se habrán fijado que en las vinajeras hay dos jarritas, una para el vino y otra para el agua. ¿Qué sentido tiene el agua que se mezcla con el vino?

En principio es solo la herencia de una costumbre antigua. El vino de uva no era exactamente igual que el actual, sino mucho más fuerte y ácido, por lo que se mezclaba con especias y miel, y se rebajaba con agua para darle un gusto más agradable.

Con el pasar de los siglos, la selección de las uvas y el proceso de fermentación fue mejorando, por lo que también lo hizo la calidad del vino, que ya podía consumirse en estado puro, pero en la misa se conservó la costumbre de echar un poco de agua en el cáliz.

En Oriente hasta el presente echan un poco de agua hirviendo, mientras que en Occidente es agua ordinaria. En el momento de hacerlo, el sacerdote dice:

"El agua unida al vino sea signo de nuestra participación en la vida divina de quien ha querido compartir nuestra condición humana".

Sobre este tema escribieron varias veces los Padres de la Iglesia, buscando un significado místico. San Cipriano de Cartago, por ejemplo, afirma a principios del siglo III:

"Puesto que Cristo nos llevaba en sí a todos nosotros, ya que hasta llevaba nuestros pecados, vemos que el agua representa al pueblo, mientras que el vino representa la sangre de Cristo. Así pues, cuando en el cáliz se mezclan el agua y el vino, el pueblo se une con Cristo, y la multitud de los creyentes se une y se junta a aquel en quien cree. Esta unión y conjunción de agua y vino en el cáliz del Señor hace una mezcla que ya no puede deshacerse".

Incluso fue un argumento largamente debatido en dos concilios: el de Florencia (siglo XV) y el de Trento (siglo XVI).

El de Florencia afirma:

"Dado que el cáliz es consagrado como memorial de la pasión del Señor, no se debe ofrecer solo vino o solo agua, sino ambos, porque está escrito que tanto la sangre como el agua brotaron del costado de Cristo (cfr. Jn 19,34)".

En Trento se dijo que, cuando Jesús murió en la Cruz, lo hizo en cualidad de único mediador entre Dios y los hombres. Pero María, Juan y algunas fieles mujeres permanecieron bajo la Cruz y se unieron a su sacrificio. Esto no fue a los ojos de Dios ni una disminución del sacrificio de Jesús ni un agregado sin sentido, sino la ofrenda de sí mismos, que el Padre aceptó porque iba unida a la ofrenda de Cristo. Eso es lo que representa la gota de agua vertida en el cáliz de la salvación.

Hoy podemos considerar que el agua nos representa a cada uno de nosotros, nuestros buenos deseos, todo lo que somos y tenemos. Ante Dios, no vale nada, es como una gota de agua.

Pero, una vez que el agua se une con el vino, ya no se puede separar y, cuando el vino se transforma en la Sangre del Señor, adquiere un valor infinito.

Así, mi pobreza, unida a la Sangre de Cristo, ya no se puede separar de él y queda redimida por su Sangre bendita.

Cuando en la misa se echan unas gotas de agua en el vino, pensemos que nos representan a nosotros y digámosle al Padre: "Te ofrezco lo que soy y lo que tengo, que no vale nada, pero lo uno a Cristo y a su entrega amorosa, para que tú me aceptes juntamente con él".

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